A veces creemos que nuestras acciones no tienen mucho sentido porque o nos parecen muy pequeñas o porque afectan a pocas personas/seres.
Pero, ¿es esto cierto? Una historia que habla de esto y de mucho más...
EL ANCIANO, EL NIÑO Y LAS ESTRELLAS DE MAR
Versión libre de Marilén Stengel del cuento “The
star thrower” de Loren Eiseley
Había una vez
un niño que vivía en un pueblo pequeño, a orillas de un mar grande y distante. Al niño le gustaba su pueblo por sus casas bajas de techos desparejos y coloridos. Todas las mañanas el niño acostumbraba caminar por la playa. Le gustaba descubrirle las novedades a la arena y los colores a las olas.
un niño que vivía en un pueblo pequeño, a orillas de un mar grande y distante. Al niño le gustaba su pueblo por sus casas bajas de techos desparejos y coloridos. Todas las mañanas el niño acostumbraba caminar por la playa. Le gustaba descubrirle las novedades a la arena y los colores a las olas.
Una mañana clara salió a caminar más temprano que
de costumbre y al cruzar los primeros
médanos, lo vio. La playa estaba
tachonada de estrellas de mar que habían sido arrojadas a la playa. Las había
por miles. Rojas de fuego, de un pálido naranja, de un verde húmedo o de rosa
ilusionadas. Frágiles, sedientas, abandonadas... El niño en seguida sintió una
gran pena, sabía que las estrellas de mar viven sólo unos pocos minutos fuera
del agua. Con tristeza en el corazón, caminó sin prisa y sin saber qué hacer
ante tanta belleza y tanta pena juntas.
Cuando alzó sus ojos, en el horizonte vio una
silueta que se movía frenéticamente. Una y otra vez, de la orilla hasta la
rompiente y de la rompiente a la orilla...Y caminó hacia ella. Cuando estuvo
cerca, se dio cuenta que era un anciano, de rostro cansado y paso ágil, de pelo
blanco y mirada concentrada, quien arrojaba las estrellas más allá de la
rompiente. Parecía incansable...
—¿Qué hacés? —preguntó el niño.
—Arrojo estrellas al mar para que no mueran, dijo
el viejo.
La mirada del niño se perdió entre la playa y el
mar.
—¿Para qué? Son demasiadas. Nunca vas a poder con
todas ellas...
El anciano le siguió, por un segundo, la mirada al
niño y rápidamente tomó una estrella. La miró con cariño y con enorme energía
corrió hacia la orilla y la arrojó hacia
el agua, más allá de la rompiente. Con picardía se volvió al niño y le dijo:
—Para ella sí tuvo sentido.
Entonces el
niño tomó una pequeña estrella y
lo acompañó en su gesto.
—Y para ella también.
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